El jorobado de Notre Dame (Versión "free")
Hace muchos años, un chico de noble corazón, fue abandonado por sus padres. Según éstos, la causa del cruel despojo fue su notable fealdad. Decían que habían parido al ser más espantoso de la tierra y que no eran capaces de sobrellevar esa inmensa culpa por el resto de sus vidas.
Su descripción dejaría sin aliento al mismísimo Frankestein. Era un mounstruo de pies a cabeza. De Norte a Sur. Pero si había algo que lo destacaba era esa gigantesca y desproporcionada joroba, elemento principal del rechazo que masivamente generaba.
Fue criado por dos ancianos ciegos que le dieron una buena educación y le enseñaron a valorar las cosas simples. Sin embargo, tener que convivir las 24 hs del día consigo mismo, eclipsaba cualquier síntoma de felicidad.
Sus días eran una invitación al vacío, al desarraigo constante. Se levantaba a las seis y media. Desayunaba en silencio contemplando, casi hipnotizado, la blanca taza de té. Sabía que este frágil y simple elemento nunca podría decirle cuán feo era. Luego cruzaba todo el comedor, esquivando sutilmente los 2 espejos decorados que allí reposaban. Una vez en el baño, se cepillaba los dientes durante diez minutos y partía a enfrentar una nueva batalla.
Era el primero en llegar al colegio. De esta forma, sólo recibiría insultos y sádicas bromas al retirarse. Sus compañeros eran una producción en cadena de Judas. La palabra más utilizada para dañar a su víctima era "jorobate". El, sóla atinaba a bajar la cabeza, como un boxeador que baja la guardia y espera el golpe final de su oponente.
De regreso a su casa, paraba siempre en el mismo puesto de diarios, donde compraba gran cantidad de "comics". Era un fanático lector de este tipo de revistas. Se las devoraba, mientras soñaba con ser Superman o el Capitán América tan sólo unos minutos.
El lugar donde vivía, como todo pueblo chico, era un infierno grande. El murmullo constante, el cholulismo agresivo, apuntaban siempre sobre el mismo blanco. Sus padres adoptivos intentaban contenerlo, pero esta tarea se hacía cada vez más dificultosa.
Una fría mañana de Junio decidió no levantarse de la cama, no contemplar la blanca taza de té ni tampoco cepillar sus dientes durante 10 minutos. Sólo pensar. Pensar en su sufrimiento. En cómo acabar con él.
Varias veces había querido poner fin a su vida luchando contra la inseguridad, pero esa mañana todo parecía distinto. Su rostro reflejaba la palidez de alguien que está por tomar una drástica decisión. Su mirada perdida pronosticaba chaparrones y tormentas eléctricas. No podía ser una muerte más. Su suicidio tenía que castigar a todos esos miserables individuos que lo habían crucificado.
Se imaginó a la directora del colegio llevando un gran paquete blanco con moño rojo. Entrando al aula, una ansiedad desbordante en el momento previo a la apertura y una sorpresa escalofriante unos segundos después. Una joroba, tan fría como sangrante duerme, mientras el ambiente es bombardeado por olores putrefactos.
-¡No tengo valor para hacerlo!-se dijo a sí mismo, levantándose furiosamente.
Decidió, entonces, caminar hasta encontrar el lugar acorde para darle forma a su desaparición.
Dio varias vueltas por el pueblo sin encontrar a su verdugo. -Quizás una navaja en el vientre hubiera simplificado las cosas-refleccionó.
Pero algo lo arrastraba a seguir buscando.
El día cerraba sus cortinas. Sus cansados pies se arrastraban como soldados en pleno combate. Su mente era un rodeo de neuronas. La tensa espera lo estaba enloqueciendo.
Ya iba a pegar la vuelta, cuando una manifestación de potentes luces atrapó su mirada.-¡Ese es el lugar, ésa es mi solución!-gritó descargando toda su ira. A lo lejos, un cartel presentaba la siguiente leyenda: " Bienvenidos al circo Notre Dame. " Unos pocos minutos bastaron para planificarlo todo. Primero conseguiría algún tipo de trabajo, algo bastante accesible para su deforme figura. Una vez adentro, convencería al dueño, a fuerza de coraje y valentía, para poder realizar el arriesgado acto del trapecio. El final sería la parte más sencilla: dejarse caer.
Pasó tan solo una semana y ya era partenaire de los payasos. Nada había cambiado si no fuese por un pequeño detalle: las burlas y las risas eran pagan.
Constantemente recibía noticias de su familia, rogándole un pronto retorno al hogar. El cerraba su corazón con la mira fija en una sola cosa: volar hasta desaparecer.
La primavera lo encontró como una de las máximas atracciones. Desde los altoparlantes se anunciaba: " Vea al Jorobado de Notre Dame y corra feliz a comprarse un espejo." No tenía un número definido, simplemente aparecía en cualquier tramo del show, cargando su enorme joroba e improvisando las distintas situaciones a las que era expuesto. En sus ratos libres, practicaba largas horas en el trapecio. La sensación de estar solo en las alturas, lejos del mundo discriminador, volando de un extremo al otro y sintiendo la cálida brisa sobre su rostro, comenzaba a entusiasmarlo. Estaba convencido que la oportunidad llegaría.
Faltaban dos días para que la carpa se desmantelara, cuando escuchó las mágicas palabras de boca del domador:-Esta noche el trapecio es tuyo, suerte. Contuvo la alegría y salió corriendo hasta su camarín. Entró y comenzó a reirse como nunca antes lo había hecho. Era su triunfo, su felicidad, y no quería compartirla con nadie. ¿Por qué hacerlo? Había costado mucho esfuerzo.
Esperó impacientemente su última función. Cinco minutos antes del comienzo el lugar estaba colmado. Su acto era el segundo, después del desfile de elefantes. Fuertes escalofríos empezaban a escarbar su estómago. Las gotas de transpiración caían como cataratas. Era la hora, su hora.
El presentador comenzó su discurso, mientras él subía a paso lento la interminable escalera. En el trayecto recordó varías imágenes de su vida. Fue su íntima despedida. Con mucho esfuerzo llegó a lo más alto. La gente, esa misma gente que lo había rechazado y luego adoptado como un siniestro bufón, comenzó a rendirle un prolongado y respetuoso aplauso. Nada de risas. Nada de burlas. Sólo aplausos.
Respiró profundo, intentando tranquilizar sus temblorosas piernas. Volvió a respirar, y saltó al vacío. Una vez en el aire, decidió cambiar su suerte conmovido por la respuesta del público. Fue demasiado tarde. El manotazo desesperado no encontró sostén. Sin embargo, mientras caía y se aproximaba a su final, pudo esbozar una sonrisa. Lo había logrado.
